Nuestro Tango
Teatro Ópera, Buenos Aires (1985)
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RESEÑA EN EL CAFÉ
Del Tirreno a Buenos Aires, por el Río de la Plata.
Milva y Piazzolla: un encuentro de fuegos lentos.
El tango como lugar de reencuentro
Hay conciertos que no solo se escuchan, sino que se recuerdan como si fueran parte de una historia compartida. Así fue Nuestro Tango, el encuentro entre Astor Piazzolla y Milva en el Teatro Ópera de Buenos Aires en 1985. No fue simplemente una noche de música, sino un gesto de retorno: el tango, que tantas veces cruzó el Atlántico desde Buenos Aires hacia Europa, regresaba en esta ocasión transformado, como si hubiera navegado a contracorriente, viajando por la memoria y las emociones para volver a casa por el Río de la Plata.
Milva, la “pantera de Goro”, trajo consigo no solo su presencia escénica poderosa, sino también una mirada extranjera capaz de iluminar lo local con una intensidad inesperada. No intentó parecer porteña ni remedar un estilo que no le pertenecía. Su voz, curtida en el teatro y la canción europea, dio al tango una nueva textura emocional: universal, apasionada, sin geografías fijas. En canciones como Balada para un loco, Los pájaros perdidos o Chiquilín de Bachín, no interpretó un género, sino que narró una ciudad desde sus márgenes, como quien traduce una carta íntima en voz alta.
Piazzolla, en cambio, era el corazón pulsante de esa música. Su bandoneón —a la vez brújula y herida— fue un actor más, no solo acompañante, sino protagonista de una conversación dramática con la voz de Milva. El quinteto que lo rodeaba sonaba ajustado, intenso, con una precisión quirúrgica que no perdía el alma. Como en toda su obra tardía, Piazzolla buscaba algo más que perfección: buscaba sentido, riesgo, profundidad.
La complicidad entre ambos no era forzada: venía de una historia compartida en escenarios europeos, pero encontró en Buenos Aires una resonancia distinta. Frente a un público que mezclaba la fidelidad tanguera con el asombro cosmopolita, el dúo tejió una atmósfera cargada de emoción contenida. El concierto no fue una postal nostálgica sino una reinvención activa de la memoria musical argentina, interpretada desde una sensibilidad múltiple.
En el trasfondo, el país atravesaba su propia transición. Apenas dos años después del fin de la dictadura militar, Nuestro Tango sonó también como un acto de memoria cultural. Las letras de Horacio Ferrer, llenas de surrealismo y ternura desgarrada, encontraron en Milva una traductora del alma, y en Piazzolla un orfebre del dolor y la belleza. Era como si el tango dijera: “Aquí estoy, distinto, herido, pero vivo”.
Conclusión
Nuestro Tango fue mucho más que un concierto: fue un cruce simbólico de mares y emociones, una coreografía de exilios, retornos y reinvenciones. En la voz extranjera de Milva y el bandoneón de Piazzolla, el tango dejó de ser folclore para convertirse en arte mayor, en lenguaje común, en fuego lento que no se apaga. A veces, para que algo vuelva a pertenecer, tiene que irse muy lejos. Y en esa lejanía, aprender a decir “nosotros” de otra manera.
Julio César Pisón
Café Mientras Tanto
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