Hasta que se apague el Sol
La Cartuja, Sevilla 2017
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RESEÑA EN EL CAFÉ
Una reina en su regreso.
A veces, un concierto no es solo música: es una restitución. El 11 de noviembre de 2017, Isabel Pantoja subió al escenario del Estadio de La Cartuja, en Sevilla, como quien vuelve del exilio, no para pedir perdón, sino para reclamar lo que nunca dejó de ser suyo: el cetro sentimental de una España que canta desde las entrañas. Hasta que se apague el sol no fue solo el nombre del espectáculo. Fue una consigna, un acto de voluntad, una promesa al público y a sí misma: resistir cantando.
Habían pasado años difíciles. Pantoja no solo cargaba con el peso de sus propias tragedias personales y legales, sino también con una historia mediática que hizo de su vida un espectáculo paralelo al de su arte. Por eso, cuando reapareció en Sevilla, lo hizo con la gravedad de quien entiende que no basta con regresar: hay que hacerse oír, una vez más, como si fuera la última.
Acompañada por una orquesta sinfónica bajo la dirección de Jesús Gluck, el repertorio trazó un recorrido afectivo: un largo homenaje a Juan Gabriel —el artista mexicano que le compuso el disco que da título al concierto— se entrelazó con sus grandes clásicos. Rancheras, baladas y coplas se sucedieron como estaciones de una biografía cantada. En “Hasta que te conocí” y “Se me enamora el alma” se oía no solo la voz de Pantoja, sino el eco de un imaginario sentimental profundamente arraigado en la cultura popular hispana.
Vestida -en principio- de color rosa pálido con brillos blancos, moviéndose con la elegancia de la diva que conoce cada centímetro del escenario, Pantoja no solo interpretaba canciones: performaba su propia supervivencia. No hubo necesidad de discursos largos. Cada gesto, cada quiebre vocal, cada pausa eran formas de lenguaje. Si algo caracteriza su arte es precisamente esa teatralidad interior, donde el dolor se modula, no se grita; donde el aplauso no interrumpe la emoción, la consagra.
Lo más poderoso del concierto fue, quizá, su dimensión política en el sentido más íntimo de la palabra: la política de la dignidad. Pantoja se plantó ante miles de personas —en su tierra, en su idioma, con sus canciones— para recordar que el arte popular, cuando es auténtico, no se negocia. Que una mujer que ha sido vilipendiada puede reconstruirse con la misma herramienta con la que se hizo leyenda: la voz.
Conclusión
Volver es también una forma de justicia. Y esa noche en La Cartuja, Isabel Pantoja volvió para hacer justicia a su historia, a su público y a sí misma. No fue una gira cualquiera. Fue una ceremonia. Y como toda ceremonia, dejó una huella que no depende del número de canciones ni de la perfección técnica, sino de algo más profundo: la certeza de que hay artistas que no se apagan, simplemente porque siguen cantando.
Julio César Pisón
Café Mientras Tanto
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