Título original: Il Gattopardo
País: Italia / Francia
Dirección: Luchino Visconti
Guion: Suso Cecchi D’Amico, Pasquale Festa Campanile, Enrico Medioli, Massimo Franciosa, Luchino Visconti (basado en la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa)
Género: Drama histórico / Cine político
Reparto: Burt Lancaster, Alain Delon, Claudia Cardinale, Paolo Stoppa, Rina Morelli
Idioma: Italiano con subtítulos en Español
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RESEÑA EN EL CAFÉ
Bailar mientras todo cambia (para que nada cambie).
Sinopsis
Sicilia, 1860. Mientras Garibaldi lidera la unificación de Italia, el Príncipe Fabrizio Salina, noble de antigua estirpe, observa cómo el orden que lo sustentaba comienza a desmoronarse. A través de la figura de su sobrino Tancredi, joven oportunista que abraza la causa liberal para asegurarse un lugar en el nuevo régimen, y de Angelica, hija de un burgués enriquecido, se teje una red de alianzas que aseguran que el poder cambie de manos... para no cambiar de esencia.
Reseña
Hay películas que no se ven, se atraviesan. El gatopardo, de Luchino Visconti, es una de ellas. Más que contar una historia, es un modo de pensar el tiempo. Frente a las banderas del cambio y los himnos de las revoluciones, Visconti nos obliga a mirar el fondo: ese lugar donde el poder cambia de traje pero no de dueño. En la figura imponente del Príncipe Salina, interpretado con una mezcla de resignación y nobleza por Burt Lancaster, se condensa la conciencia de un mundo que se acaba, pero que aún dicta las reglas de su ocaso.
La dirección de Visconti es de una minuciosidad casi obsesiva. Cada plano, cada encuadre, cada objeto parece haber sido colocado con la reverencia de quien filma no la historia, sino su fantasma. La puesta en escena es deslumbrante, pero nunca gratuita: es el esplendor de un universo que se sabe condenado. Las telas, los salones, los gestos educados son parte del decorado de una clase que baila mientras firma su propia acta de defunción. Nada resume mejor esta visión que la secuencia final del baile: casi cuarenta y cinco minutos de coreografía fúnebre, donde los cuerpos giran y sonríen bajo lámparas doradas mientras el Príncipe, en soledad creciente, percibe que todo está terminado.
Burt Lancaster, cuya elección parecía arriesgada por su origen anglosajón, entrega aquí una de sus actuaciones más sutiles. Sin sobreactuar ni imponerse, transmite en su andar pausado y su mirada perdida la lucidez amarga de quien entiende que la historia no lo necesita. Alain Delon, en cambio, da vida a Tancredi con la ligereza cínica de un joven que se adapta al nuevo orden con encantadora frialdad. Su belleza funciona como metáfora: seduce mientras negocia. Claudia Cardinale brilla en su papel de Angelica, símbolo de una burguesía emergente que, aun con su sensualidad y vigor, no trae consigo un mundo nuevo, sino una repetición maquillada del anterior.
El gatopardo es, en el fondo, una elegía. No una lamentación por lo perdido, sino una reflexión lúcida sobre lo que nunca se termina de ir del todo. Visconti, noble marxista, no hace un panfleto: filma con amor aquello que también critica, como si supiera que entender al adversario es la única forma de desmontar sus ficciones. Y quizás por eso su cine sigue resonando. Porque no nos ofrece esperanza ni catarsis, sino una advertencia: a veces, los grandes cambios históricos son apenas el eco refinado de un poder que aprendió a bailar.
Julio César Pisón
Café Mientras Tanto
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