Páginas del Café

Manhattan (1979)

 Título original: Manhattan
País: Estados Unidos
Dirección: Woody Allen
Guion: Woody Allen y Marshall Brickman
Género: Comedia dramática, Romance
Reparto: Woody Allen, Diane Keaton, Mariel Hemingway, 
Meryl Streep, Michael Murphy
Idioma: Inglés con subtítulos en Español


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RESEÑA EN EL CAFÉ
Amar a Manhattan, perderse en uno mismo.

Nueva York nunca fue tan hermosa como en Manhattan (1979). No lo fue en las películas de Scorsese, ni siquiera en las de Lumet. En blanco y negro, con la Rhapsody in Blue de Gershwin expandiéndose como un sentimiento más que como una banda sonora, Woody Allen convirtió a Manhattan en un mito romántico, en una idea que trasciende a la ciudad real. Pero como sucede con todos los mitos, bajo su superficie brillante se agita una contradicción: el amor por una ciudad es, en Manhattan, inseparable del narcisismo, de la melancolía y de una imposibilidad radical de vincularse.

Allen no filma una ciudad: filma un yo. Y ese yo —Isaac Davis, un hombre que escribe comedia televisiva pero se sueña escritor serio— se proyecta sobre todos los rostros, las calles, los museos y los parques de la ciudad como si Manhattan no fuera más que un espejo de sus propias frustraciones. Todo en la película está organizado alrededor del deseo y del desencanto de este hombre neurótico, hiperlúcido y emocionalmente inmaduro. Sus amores —una adolescente demasiado madura (Mariel Hemingway), una intelectual brillante pero inestable (Diane Keaton), una exmujer ahora lesbiana (Meryl Streep)— revelan más sobre su fragilidad que sobre sus conquistas.

Vista hoy, Manhattan es a la vez deslumbrante e incómoda. Su belleza visual es innegable: cada encuadre parece una fotografía de revista, una carta de amor a una ciudad idealizada. Pero también resulta difícil pasar por alto su trama central: un adulto de cuarenta años saliendo con una chica de diecisiete, tratado con total naturalidad. En la época, el asunto fue aceptado sin grandes escándalos. Hoy, en cambio, exige una lectura más crítica, más incómoda. Allen no excusa a su personaje —al menos no del todo—, pero tampoco lo interroga como quizá debería. La película se desliza entre la ironía y la indulgencia con una ambigüedad que no siempre es ética, pero que sí es profundamente humana.

Porque eso es Manhattan: el retrato de una clase intelectual neoyorquina que ha leído mucho, que habla de Freud, de Bergman, de la novela rusa, pero que es incapaz de vivir con madurez sus afectos. Una élite blanca y culta que se desangra emocionalmente entre cafés, museos y cenas sofisticadas, mientras el mundo exterior —la ciudad diversa, la política real, la historia— apenas existe. Es cine burgués sobre la neurosis burguesa. Pero también, y he aquí su potencia, es una autopsia elegante de esa misma cultura que se pretende superior.

Woody Allen firmó con Manhattan una de sus obras más complejas. Una película que es al mismo tiempo una postal nostálgica, una sátira implacable y una confesión emocional. Nos seduce con su forma, nos inquieta con su contenido. Y nos deja con una pregunta incómoda: ¿de qué sirve tanta lucidez si no podemos dejar de hacernos daño?

Julio César Pisón
Café Mientras Tanto

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