Título original: The Exception
País: Reino Unido
Dirección: David Leveaux
Guion: Simon Burke (basado en la novela de Alan Judd)
Género: Drama histórico, romance, guerra
Reparto: Jai Courtney, Lily James, Christopher Plummer, Janet McTeer, Eddie Marsan
Idioma: Doblada al Español
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RESEÑA EN EL CAFÉ
La sombra del águila: historia y melancolía en una villa imperial.
En la vasta galería de películas que exploran los bordes del nazismo sin entrar de lleno en el frente de batalla, El último beso del káiser (The Exception, 2016), dirigida por David Leveaux, ocupa un lugar singular. No se trata de una epopeya bélica ni de una denuncia explícita de los horrores del régimen, sino de una película íntima, crepuscular, donde la historia se insinúa más que se representa, y donde el gran drama político se condensa en gestos mínimos, casi domésticos.
El film adapta la novela The Kaiser’s Last Kiss de Alan Judd y se sitúa en los Países Bajos durante la Segunda Guerra Mundial, donde el exiliado káiser Guillermo II vive recluido en una villa con su corte menguada, mientras las fuerzas nazis extienden su dominio por Europa. El relato se articula en torno a tres personajes: el joven capitán Stefan Brandt (Jai Courtney), enviado por el Tercer Reich para vigilar posibles amenazas al káiser; la sirvienta Mieke (Lily James), que oculta su identidad judía; y el propio Guillermo II (Christopher Plummer), convertido en símbolo viviente de un pasado imperial que se resiste a desaparecer.
La figura del káiser funciona aquí como eje alegórico de una Europa en transición: un viejo orden patriarcal, autoritario y ceremonial, que observa con desconcierto y desprecio la brutalidad tecnocrática del nacionalsocialismo. Christopher Plummer compone un personaje ambiguo, arrogante y decadente, cuya vejez es también un comentario sobre la obsolescencia del poder basado en la sangre y el linaje. Su jardín bien cuidado y su uniforme reluciente se vuelven, en la lógica del film, signos vacíos de un tiempo que ya no tiene interlocutores.
En este marco, la relación entre Brandt y Mieke adquiere una doble dimensión: por un lado, es una historia de amor prohibido en tiempos de persecución; por otro, es una suerte de inversión simbólica del conflicto central. Él representa la maquinaria estatal, ella la fragilidad del individuo frente al sistema. Pero lejos de caer en el sentimentalismo, la película construye esta relación con sobriedad y ambigüedad, evitando exoneraciones fáciles.
Lo que distingue a El último beso del káiser de otros dramas históricos es su negativa a construir una épica. El film rehúye tanto el heroísmo como la espectacularidad. Prefiere sugerir antes que mostrar, y su mayor fuerza reside en la tensión contenida de los espacios cerrados, en el contraste entre el protocolo cortesano y el miedo latente, en la imposibilidad de una salida limpia. En ese sentido, la película se emparenta con una corriente de cine político que entiende el poder no como un aparato visible, sino como una atmósfera, una respiración constante que condiciona incluso los gestos más íntimos.
Desde esta perspectiva, el “último beso” del título no es solo un gesto romántico, sino también una forma de resistencia. Un intento desesperado por afirmar lo humano —el deseo, la elección, el cuidado— frente al avance de un régimen que todo lo convierte en norma, vigilancia y exterminio. Así, el film logra que la historia —esa historia con mayúsculas— no se imponga desde fuera, sino que se filtre por los intersticios de una casa, de un uniforme, de una cama.
A medio camino entre la novela de cámara y la tragedia disfrazada de fábula, El último beso del káiser es también una reflexión sobre la memoria. Una memoria que no se resuelve en monumentos, sino en susurros, cartas escondidas y silencios compartidos. En tiempos donde el cine político corre el riesgo de volverse panfletario o puramente estético, esta obra apuesta por una vía intermedia: la del relato intimista como lugar donde lo político se encarna, se respira y, a veces, se redime.
Julio César Pisón
Café Mientras Tanto
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