Live at Robert Wyatt´s Meltdown
Royal Festival Hall, Londres, 2001
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RESEÑA
“La intimidad del cosmos: Gilmour en el Meltdown”
Hay conciertos que se piensan como ceremonias. No por su solemnidad, sino por su capacidad de abrir un espacio de comunión sagrada entre los sonidos y quienes los habitan. En Live at Robert Wyatt’s Meltdown, David Gilmour no viene a confirmar su leyenda —esa ya la construyó con Pink Floyd—, sino a redescubrirla desde una desnudez radical: el alma de una guitarra, la fragilidad de la voz, y el silencio cómplice del Royal Festival Hall.
El Meltdown de 2001 tuvo como curador a Robert Wyatt, faro inclasificable del art rock británico, y su elección de Gilmour como invitado central no fue un gesto de nostalgia, sino una declaración estética. En este escenario íntimo y recogido, el guitarrista británico propone un concierto que parece tallado en el cristal de la memoria: no para exhibir el virtuosismo, sino para invocar una experiencia meditativa, casi contemplativa.
Acompañado por una formación mínima —chelo, piano, coros discretos—, Gilmour reinterpreta temas de Pink Floyd como Shine On You Crazy Diamond o Comfortably Numb no desde la épica de estadio, sino desde una melancolía contenida. Cada nota parece emitida con la precisión de quien no tiene prisa, como si se tratara de convencer al tiempo de que se detenga. Su guitarra canta, pero canta hacia adentro. La emoción no se impone; florece.
Hay lugar también para lo inesperado: la inclusión de Je crois entendre encore de Bizet, en una interpretación vocal de Gilmour que sorprende por su ternura imperfecta, y temas propios que dialogan con el legado de Wyatt, como si se tratara de una conversación entre dos almas afines. En este diálogo, lo progresivo se funde con lo clásico, lo popular con lo culto, el rock con la canción de cámara.
Lo que Gilmour propone aquí no es solo una relectura de su obra, sino una manera distinta de habitarla. Como si dijera: “esto también fui, esto también soy”. En una época marcada por el exceso de volumen, de presencia, de artificio, este concierto se atreve a lo contrario: a la desnudez, al respiro, a la escucha profunda. Es un manifiesto íntimo que susurra que el arte puede volver a ser conversación, si nos atrevemos a bajar la voz.
Y es que cuando Gilmour toca en este Meltdown, no es solo un músico en escena. Es un hombre que recuerda, que reinterpreta, que ofrece —sin grandilocuencia— un universo interior hecho de acordes suspendidos en el aire, como constelaciones que se dejan ver sólo en la noche más clara.
Julio César Pisón
Café Mientras Tanto
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