Páginas del Café

José Saramago

 El hombre duplicado

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📝 RESEÑA
¿Qué ocurre cuando el rostro que ves en el espejo no es sólo el tuyo?

En El hombre duplicado, José Saramago pone en jaque la noción de identidad, de unicidad y de lo que significa ser uno mismo, con una prosa envolvente, serpenteante y profundamente filosófica. El protagonista, Tertuliano Máximo Afonso, profesor de historia sumido en el tedio y la soledad, descubre por azar que existe un actor secundario idéntico a él en un film. Lo que podría parecer una coincidencia anecdótica, se transforma en obsesión. ¿Qué implica que alguien más tenga tu rostro, tu voz, tu risa? ¿Qué parte de lo que somos puede ser replicada, y cuál no?

Como en otros textos de Saramago, el lenguaje fluye como pensamiento continuo: sin guiones de diálogo, sin pausas artificiales, como si escucháramos directamente la mente de los personajes, y del narrador que, omnisciente, irónico, sabio y mordaz, nos guía por una historia que empieza como anécdota y se convierte en parábola. La duplicación es aquí un misterio que desestabiliza no sólo al personaje, sino al lector: ¿qué pasaría si otro tú caminara por el mundo? ¿Es el doble una amenaza, un espejo o una condena?

Lejos del simple artificio narrativo, el doble en Saramago es un experimento existencial. La novela se pregunta —como lo hace su personaje— por los límites de la libertad, del azar y del destino. Y aunque el tono pueda parecer lúdico o absurdo por momentos, el fondo es profundamente inquietante: no hay duplicado sin conflicto, ni identidad sin fractura.

El encuentro entre Tertuliano y su doble no resuelve nada: más bien, multiplica las preguntas, y en su desenlace —sutil, sombrío, magistral— nos enfrenta con la violencia que subyace al intento de preservar la propia identidad a cualquier costo. Es también una novela sobre la soledad: la que persiste incluso cuando hay otro idéntico a uno mismo frente al espejo.

El hombre duplicado no busca ofrecer certezas, sino perturbar. Como un eco que no cesa, la novela nos recuerda que la identidad no es un punto fijo, sino un abismo disfrazado de rostro.

Nadie puede ser dos sin dejar de ser uno.

– Julio César Pisón
Café Mientras Tanto

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