And The Strange Sensation
Chicago (2005)
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RESEÑA
La voz que sobrevivió al trueno.
Cuando una voz sobrevive al tiempo, no es porque resista la erosión, sino porque aprende a habitar el eco. Robert Plant, figura mítica del rock setentero, renace en Chicago (2005) no como un recuerdo glorioso, sino como una fuerza vital en plena reinvención. Lejos del rugido de Led Zeppelin, pero sin traicionarlo, Plant se sumerge en esta presentación con The Strange Sensation como un alquimista que combina blues, psicodelia y sonoridades orientales para crear algo que no pertenece a ninguna época, sino al impulso humano de transformación.
Lo que emerge en este concierto no es un rockero viejo intentando revivir sus días de gloria, sino un hombre que entendió que la nostalgia no debe paralizar, sino propulsar. Su voz, con menos agudos salvajes pero más alma, recorre el escenario de Chicago como un chamán moderno. Temas como “Black Dog” o “Whole Lotta Love” se deshacen de la furia juvenil para vestirse de matices, de susurros, de distorsiones elegantes. La reinterpretación es aquí un acto de dignidad artística, no de simple reciclaje.
La banda que lo acompaña —The Strange Sensation— no es una corte de músicos al servicio de una leyenda: es una comunidad sonora que reescribe el lenguaje del rock con sabiduría y riesgo. Las percusiones tribales, los climas densos de guitarras afiladas y los guiños a lo árabe y lo africano transforman cada canción en un territorio inesperado. No es Led Zeppelin reencarnado, es otra criatura, nacida del mismo espíritu pero con otros huesos.
Y, sin embargo, el mito persiste. Porque Plant no reniega del símbolo que fue, sino que lo revisita con una lucidez desarmante. Hay en su actitud un mensaje poderoso: no hay que matar al pasado, sino dialogar con él. En tiempos donde muchas estrellas del rock se aferran a sus éxitos como salvavidas, Plant decide caminar sobre aguas nuevas, aunque sean turbias. Eso es valentía estética, pero también filosófica.
Este concierto no es solo una cita musical: es una lección sobre el paso del tiempo, sobre el arte de volver a empezar sin renunciar a lo vivido. Una demostración de que el rock puede envejecer sin volverse parodia, que puede madurar sin traicionarse. Que puede seguir buscando.
Porque Robert Plant no está aquí para complacernos: está para recordarnos que el trueno no siempre cae en el mismo lugar, pero que su resonancia puede guiarnos incluso en la noche más larga.
Julio César Pisón
Café Mientras Tanto
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