Con estilo para bailar
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01- A Evaristo Carriego
02- Chiqué
03- Dominguera
04- El andariego
05- Emancipación
06- Gallo ciego
07- La Yumba
08- Malandraca
09- Malena
10- Milonga de mis amores
11- Negracha
12- Nochero soy
13- Nostalgico
14- Pata ancha
15- Pavadita
16- Recuerdo
RESEÑA
La elegancia como acto de resistencia.
Cuando se habla de “estilo para bailar” en el tango, no se habla solo de pasos ni de figuras en la pista. Se habla de una actitud frente al tiempo. Color Tango, heredera directa del legado d'Arienzo y Pugliese, despliega en este álbum algo más que un repertorio para milongas: presenta un manifiesto estético en defensa de una tradición que nunca fue conservadora, sino viviente.
Este disco, lanzado en los años noventa, cuando el tango parecía ya arrinconado por la moda o por la melancolía museificada, es una declaración: el tango no es un recuerdo, sino un cuerpo que respira en el abrazo de la pareja que baila. De los compases iniciales de “A Evaristo Carriego”, homenaje sentimental al poeta de las orillas, hasta el dramatismo elegante de “Recuerdo”, el recorrido es una danza entre lo clásico y lo encendido, entre la precisión orquestal y el pulso emocional.
La dirección de Roberto Álvarez, ex bandoneonista de la Orquesta de Osvaldo Pugliese, imprime un sello inconfundible: ese fraseo arrastrado, ese compás sostenido con intención, que permite a los bailarines marcar y esperar, sentir el tiempo como posibilidad. No hay apuro en este tango, y esa lentitud —estética, no técnica— es política: es la manera en que el pueblo del tango se niega a ser arrasado por la urgencia del mundo.
En “La Yumba”, himno pugliesiano por excelencia, la orquesta se atreve a sonar como si se tratara de una invocación. Los instrumentos no tocan una pieza: la convocan. Y “Malena”, cantada con voz suave pero dolida, pone en palabras lo que todo este disco murmura: el tango es el lenguaje de los que no olvidan. A esta versión, íntima y coral, le sigue “Negracha”, donde el virtuosismo rítmico coquetea con lo vanguardista, sin romper nunca con el oído popular.
Hay también lugar para la milonga (“Milonga de mis amores”), para la noche y sus murmullos (“Nochero soy”), para la nostalgia sin azúcar (“Nostálgico”), y para el desenfado pícaro (“Pata ancha”, “Pavadita”). Pero en todos los casos, la orquesta no baja nunca del nivel de ceremonia. El tango es, en este álbum, lo que siempre fue: una conversación seria sobre cosas del corazón.
Con estilo para bailar no es solo un título: es una ética. En una época donde todo tiende a lo rápido y desechable, este disco propone otra velocidad, otro cuerpo, otra memoria. Y en cada giro del bandoneón, en cada golpe de piano o contrabajo, se siente una certeza: hay todavía quien baila para no rendirse.
Julio César Pisón
Café Mientras Tanto
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